jueves, 30 de mayo de 2013
Retiro III
Salí a correr el miércoles 28 de mayo a las 17:00. Había comido dos horas y media antes. Esa semana estuve muy motivado tanto el lunes como el martes. Tenia muchas ganas de correr, pero no se si por la relativa proximidad de la comida o por mi propia expectación por volver a correr en el Retiro, estaba tenso y nervioso. Cubrí andando los 200-300 metros que me separaban del parque, crucé el semáforo que siempre lo encuentro en rojo y me permite contemplar el trocito de parque en el que empiezo a correr,y ya está.
Pincho el pulsómetro, y arranco. Opto siempre por el sentido de las agujas del reloj porque asumo que la cuesta que acaba en la glorieta del angel caido es una tachuela insalvable para aspirar a hacer solamente carrera continua (en adelante, C2). Como es habitual, arranco reservón e intento mantener siempre el mismo ritmo. A los trescientos metros de haber empezado, me llega al cerebro una señal de "estoy cansado". Comienzo un monologo silencioso, quejandome de que es imposible. Mentalmente intento enfocar a Filipides con su uniforme y su épica misión, y automáticamente regulo el ritmo. Estuve concentrado durante toda la vuelta, especialmente al bajar la famosa cuesta del ángel, sabiendo lo traicionero que es el siguiente tramo, ligera cuesta arriba pero muy larga y recta. Las otras veces que había corrido allí echaba el pie a tierra. Parece una cuesta interminable. Mantuve la concentración hasta el punto de que cuando me di cuenta, ya la había franqueado. Sigo el perímetro, paso la puerta del Museo del Prado, el terreno se encrespa quince o veinte metros en la pendiente mas dura del circuito. La corono con éxito y me dispongo a completar los últimos cien metros de la vuelta, teniendo presente que mi objetivo es completar la segunda vuelta igualmente. El crono marca 26' y pico. Sigo. Apenas tengo tiempo de multiplicar el tiempo por dos para hacerme una idea del objetivo. Rápidamente vuelvo a visualizar a Filipides. Subo el tramo de Alcalá pensando que desde el final solo queda bajada, salvo mi amiga: la recta suave y eterna. "No puedes parar", me dije. Completé la subida y... Aun no se porqué... Paré. A partir de ahí, se sucedieron las paradas, el volver a arrancar (probablemente, a ritmos no asequibles por mi). Al final de la repetida cueste cuesta de marras, me vienen a la cabeza unas palabras de la Gacela que le oyó al gran Luis, y me lanzo a correr, entre poseído y desesperado, intentando darlo todo sin una sola parada más.
Final. Ocho minutos menos que la ultima vez. Clara mejoría. La próxima semana, nos tutearemos.
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