miércoles, 10 de noviembre de 2010

XXXIII Carrera Pedestre Santiago (31.10.2010)

Si don Julián Bernal empezó a correr a los 78 años, me supongo que nunca es tarde para empezar a hacerlo. Llevo poco tiempo corriendo (apenas hace año y medio) y además mi fuerza de voluntad siempre ha encontrado buen aliado en el tiempo meteorológico y el trabajo para hacer mi progresión en estos meses, tanto irregular como dudosa. De cualquier manera, el pasado 31 de octubre, tuve la oportunidad de participar en la que fue mi segunda carrera popular: la XXXIII Carreira Pedestre de Santiago.

Había reconocido algunos errores respecto a la participación del año pasado, e intenté corregirlos. Ya colocados en la salida un poco más atrás que en la edición anterior, esperamos pacientemente la señal para empezar a correr.

Comencé la subida por Juan XXIII mucho más conservador que el año pasado, porque había reconocido que en la edición anterior había echado los hígados en el primer kilómetro, y luego no había podido recuperar. Cuando llegamos a Fontiñas, y empezó la bajada, ya noté que iba mucho mejor. No obstante seguía reservándome, porque “Vite siempre es Vite” y este año además habían metido la cuesta de San Francisco, y prometía ser “interesante”. La primera rampa señalable, después de cinco kilómetros de charla con mi compañero, era la calle Santiago de Chile (el primer sitio en el que había parado para andar el año pasado). Este año, con el paso más cauto, no tuve esa necesidad. Llegué bien al Campus Sur, aunque allí me dejó mi compañero (supongo que harto de mi ritmo), y yo seguí adelante, incluso recuerdo que aun bromeábamos entre algunos corredores. La bajada del Campo do Cruceiro do Galo fue desagradable, como siempre. Es demasiado pendiente para que sea cómoda o incluso para poder recuperar algo. Al llegar a Galeras, una señora mayor leyó mi nombre en el dorsal y me dio animos para seguir, a pesar de que allí ya llevaba más de cuarenta minutos mojándome. Luego llegó la cuesta de San Francisco (minuto 50 según el chip), y el ritmo se hizo tan lento que casi iba andando, como la mayoría de la gente con la que coincidí. Al llegar a la iglesia y doblar hacia abajo, ya ni me acordaba de Vite ni de nada. Recuerdo que cayó un fuerte chaparrón que me hizo preguntarme que hacía allí. Llegó Vite, donde igual que el año pasado, hubo que “echar pie a tierra” y subía un rato andando, otro trotando, y así hasta que llegué a la rúa dos Basquiños. Mi ritmo, había experimentado un leve aumento, pero motivado exclusivamente por las ganas de acabar de una vez con aquel sufrimiento y no por ninguna razón técnica. Correr por la ciudad vieja de Santiago siempre es una delicia, aunque yo solo quería acabar. En la última esquina, a pesar del paraguas en ristre con el que me obsequió un fabuloso espectador, comienzo el esprín final con tanta holgura que creo que fui demasiado conservador el resto de la carrera. Al final 1h 19’, casi cinco minutos menos que el año anterior, y lo mejor de todo: ¡Acabé!, ¡que no es poco!.

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