miércoles, 2 de noviembre de 2016

Pedestre de Santiago (30/10/2016) (23)

Una vez más llegó el día del cambio del horario de verano al de invierno, y con él, la Pedestre de Santiago. Una carrera muy especial para mi, porque fue la primera carrera en la que participé, hace siete años, pero sobre todo porque a raíz de mi participación en la edición del año anterior, empecé a plantearme una serie de cambios que se aglutinan bajo la etiqueta 2.0

Apenas unos segundos pasadas las diez de la mañana, arrancamos. Al igual que me había pasado hacía tres semanas en la carrera de Coruña, no tenía muy claro cómo iba a correr la carrera. Solo sabía que no quería quemarme como un fuego artificial. Subí por Juan XXIII con cierto grado de conservación. Es de las primeras cosas que se aprenden en esta carrera: una salida de 800 metros cuesta arriba, en medio del fragor de la salida, con toda el ansia y la adrenalina desbocadas, es importante no perder el Norte. Me dejé ir detrás de mi binomio, que siempre es una referencia infalible para no pasarse. No sé cuando lo perdí, pero cuando llegamos a lo alto, ya estaba enganchado con otro corredor que me pareció igual de razonable; de hecho lo seguí durante más de un kilómetro. El ritmo era cómodo bastante parecido al que habíamos ensayado durante varias semanas. La carrera tiene un par de pequeños toboganes de sube y baja después del Km 1, yo seguía pegado a mi liebre.
"Pegado a la liebre"
Nos acercamos a la curva en la que la carrera se desvía de la carretera de San Lázaro. Nos vamos colocando para no estamparnos en el bordillo, unos por arriba otros por abajo, alguien avisa: "Cuidado con la acera, que resbala".
Ahora comienza la cuesta abajo, algo que sé que se mantiene hasta pasado el Km 5. Intento no descontrolar pero tampoco hay motivo para frenarse. Cuando estamos enfilando la calle San Pedro, hay una pequeña "tachuela" que solo consigue subirme un poco las pulsaciones pero ante la que no me controlo. Bajamos. Porta do Camiño. Mucha gente mirando y algunos corredores los espolean a que animen. Rompen en aplausos, algo muy característico del publico de la Pedestre, en comparación con el de la Coruña 10, que suele ser más sosito.
Sigo corriendo, ya no veo a la liebre. Tal vez la perdiese de vista antes, pero ahora que hay un tramo llano, en el que la gravedad ni ayuda ni frena, y lo hecho de menos. Sigo solo, mi propio ritmo me aguanta, y la cabeza acompaña. Sigo cómodo. Ya estoy en el Km4. Miro el reloj. Me acuerdo del Sensei, esto es ritmo II. Plaza de Galicia. Sigo solo, adelantando corredores. La Rosa, aquí está el cartel del Kilómetro 5 y la cuesta se hace incómoda, aunque sea cuesta abajo. La mayoría de gente de mi alrededor se frena. Yo venía cómodo y se que me voy a frenar por gravedad en Santiago de Chile así que me desboco, literalmente. El suelo está seco; en otras ocasiones, desbocarse tiene el riesgo añadido del agua y el inevitable resbalón. Hoy no es el caso. Doblo la curva y allí está la cuesta de Santiago de Chile, que como había predicho, me frena. Sin embargo es casi automático, no solo frenarse sino dosificarse para no llegar reventado al Campus Sur. Pronto llego a la Plaza de Vigo, donde la carrera serpentea para llegar al Campus. Alguien por detrás de mi dice en voz alta lo que yo pienso, y protesta porque casi todos los que van por delante apolillan y dan la curva por encima de la acera. A mi me la trae al pairo lo que hagan los demás, y me dispongo a dar la curva por fuera del bordillo. Una corredora que iba a mi izquierda se me echa encima para subirse a la acera. No se lo que finalmente hizo pero por delante no me cruzó. El de atrás me sigue y me jalea que por ahí es por donde hay que dar la curva. El paso por el Campus Sur no tiene nada que decir salvo que otra corredora vuelve a chocar conmigo en un peligroso recorte de acera. No se si debí disculparme o no, pero lo hice aunque no dijo nada, su cara no reflejaba haber aceptado mi disculpa. Seguía muy cómodo, y relajado, mirando algo que jugaban en uno de los campos de deportes y que parecía ser algo así como una justa medieval. El kilómetro siete pasa pronto, antes de lo que me imaginaba y me veo junto al Hospital de la Esperanza coronando otro de los puntos altos del recorrido. Otra cuesta abajo, repito la jugada: voy bien, ¿porqué me voy a frenar?.
Llegamos a Galeras. Sigo genial; ¿agua?, paso. Solo pienso en lo que se me viene encima. Pero por de pronto, voy pendiente de no pisar ninguna de las botellas de agua que la gente va tirando. ¿qué objeto tendrá que las tiren a la mitad, pero con la tapa puesta. Espero no encontrar ninguna. Si la pisas es como una mina, te vas al suelo, fijo. Empieza la subida, los kilómetros empiezan a pesar y lo peor está por llegar. Pierdo la cuenta de los kilómetros, toda mi atención ante lo que se avecina y que es mi reto personal para esta edición: Vite. Sigo escalando, pasando gente pero con muuuuuucha cautela: hay que guardar fuerzas para la cuesta, que no es breve ni poco empinada; y además, hay que llegar con fuerzas hasta arriba para poder seguir los dos kilómetros de cuesta abajo, vertiginosa, e inolvidable (el encanto de la ciudad vieja se hace especialmente patente cuando la ves pasar tan rápido ante tus ojos). Subimos. Mucha gente mirando, y mucha gente animando. Sonreír es inevitable. Una señora mayor: "venga, niniños que queda pouco". Y cuando menos me lo espero, se acaba. Lo consigo: he llegado hasta arriba sin parar por el camino. Ahora hay que seguir dándole. Paso gente pero también me pasan. Algunos me toman como liebre. Yo no tengo mas referencia que mis propias fuerzas.
"Praza da Universidade"
Miro el reloj, el ritmo es muy bueno. Parece que me voy a acercar a la hora. Mi mejor marca era 1h 11' en 2011.  Entramos en la zona vieja, las calles se estrechan hasta lo inimaginable. Hay sitios donde hay agua en el suelo. Ojo. Ultimo kilómetro. La gente anima. Pronto llegamos a la Praza da Universidade. Allí siempre está el fotógrafo del Correo Gallego, tomando fotos para la galería del periódico. Cuando entramos en la plaza, adelanto algunos corredores y cuando me doy cuenta, estoy plantado frente a la cámara. Malo será que pase tan rápido que no salga en la foto. La adrenalina me dispara cuesta abajo. Medio kilómetro. De repente, ante mi la Rua do Vilar. Ritmo III. Alguna decisión de adelantar corredores no es acertada lo que me obliga a frenar en un par de ocasiones. Doblo Platerías, y mi zancada se alarga cuesta abajo. Los corredores que encuentro parecen correr hacia atrás.
La emoción de llegar al Obradoiro, donde se encuentra la meta, es la misma año tras año. Veo el reloj de la meta. Marca una hora tres minutos. Creo que corro más rápido de lo que me permiten las piernas. Sí!!!!!!!!!!!, ya está... Una hora y dos minutos de tiempo neto. Dudo que la del año que viene sea mejor.

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